El contratenor argentino Martín Oro dio una clase magistral de canto en obras de Bach y Vivaldi. Claudio Barile, Mario Videla y los solistas de la Academia Bach completaron el goce de un concierto milagroso. Por Margarita Pollini

 

Oro en estado puro

 

Sinagoga de la Congregación Israelita de la República Argentina, Libertad 785
Martes 9 de diciembre de 2008, 20.00

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Martín Oro

Concierto de solistas de la ACADEMIA BACH DE BUENOS AIRES. Martín Oro, contratenor. Claudio Barile, flauta y piccolo. Pablo Saraví y Oleg Pishenin, violines. Marcela Magin, viola. Edgardo Zollhofer, violoncello. Fernando Fieiras, contrabajo. Órgano y dirección: Mario Videla. Haendel: Concierto en Fa mayor para flauta, cuerdas u órgano. Vivaldi: Motete Longe mala umbra terrores, RV 629 / Concierto en Do mayor para flauta piccolo, cuerdas y órgano. Bach: Cantata Vergnügte Ruh, beliebte Seelenlust, BWV 170 para alto, flauta, cuerdas y órgano.

Cuando en un acontecimiento artístico tan riesgoso como lo es un concierto en vivo –en especial con obras de dificultad extrema– cada nota está ni más ni menos que donde debe estar, surge la tentación de recurrir a un sustantivo muy transitado: perfección. Pero esta palabra, que sin dudas honra a los artistas a los que se la atribuye, no alcanza para calificar verdaderos milagros como el que se reseña en esta página.

El artífice de tal milagro es el contratenor argentino Martín Oro, radicado desde hace 22 años en Suiza. Oro se diplomó en los conservatorios de Fribourg y Neuchâtel con las más altas calificaciones y se especializó en la prestigiosa Schola Cantorum Basiliensis. Trabajó a las órdenes de casi todas las máximas autoridades en la música antigua, como Nikolaus Harnoncourt, Marc Minkowski, Chistophe Rousset, René Jacobs, Jordi Savall, Joshua Rifkin, Gabriel Garrido y Rinaldo Alessandrini, quien lo dirigirá próximamente en la Ópera de Bordeaux (L’incoronazione di Poppea de Monteverdi) y la Scala de Milán (L’Orfeo, también del compositor italiano).

Evidentemente, este primer nivel en el que Oro se mueve no es casual. El contratenor posee una voz de bellísimo timbre, potente y lejana a la dureza e imprecisión que lamentablemente aquejan a muchos de sus colegas de cuerda. Su afinación es infalible; su fiato (paradojas del arte) corta el aliento; su coloratura es a la vez sólida y ligera, su color es parejo en todo el registro. Sin embargo, el prodigio no son todas estas cualidades, sino lo que Oro hace con ellas. Recurriendo a un juego de palabras con su apellido podría decirse que Oro trabaja como un auténtico orfebre, cincelando cada palabra del texto para darle relieve, poniendo todo su dominio técnico (y todo su cuerpo, desde la mirada hasta los pies) al servicio de la expresión.

En su primera intervención, Martín Oro entregó (no cabe otro verbo) una magnífica versión del motete Longe mala umbrae terrores (Aléjense, males, terrores de las sombras) de Antonio Vivaldi, obra en la que el compositor no escatimó dificultades vocales. Oro sorteó todas ellas, enfatizando el dramatismo y la teatralidad del texto y haciendo olvidar que cantaba en una lengua muerta.

Otro tanto puede decirse de la cantata Vergnügte Ruh, beliebte Seelenlust (Apacible calma, amable regocijo del alma) de Johann Sebastian Bach. En esta obra de cinco movimientos (tres arias separadas por recitativos) se lucieron la línea de canto de Oro, su amplísima gama de colores, su dinámica y su notable articulación de consonantes. Al respecto de este último punto, se advirtió que los dos recitativos fueron interpretados a una velocidad mayor de aquella en la que el cantante podría haber “paladeado” más cabalmente cada palabra. En resumen, la interpretación de Oro fue una verdadera clase magistral de cómo debe cantarse Bach: sin afectaciones que alejen al oyente de la esencia de la música y que pongan al intérprete por delante del más grande de los compositores.

El flautista Claudio Barile tuvo un lucimiento tan grande como merecido en dos partituras de máxima exigencia: el Concierto en Fa mayor, Op. 4 Nº 5 de Georg Friedrich Haendel y el Concierto en Do mayor, RV 443 de Vivaldi. Si bien tanto Barile como los ejecutantes de cuerdas usaron instrumentos modernos, las interpretaciones de ambas obras estuvieron en los cánones estilísticos adecuados. El organista, concertador y director de la Academia Bach de Buenos Aires, Mario Videla, enriqueció con sus comentarios una presentación ovacionada con justicia por la audiencia que pobló el hermoso templo de la calle Libertad.

 

Margarita Pollini
Diciembre 2008